Comentario

Vox se queda sin fundadores pero no sin votantes

El partido ha expulsado a todos los que lo crearon y, aun así, las encuestas lo sitúan en máximos históricos. La paradoja tiene explicación.

En diciembre de 2013, un grupo de disidentes del Partido Popular (PP) firmó el acta fundacional de Vox en un almacén de Alcobendas, Madrid. El local lo había puesto Ignacio Ansaldo, un exboina verde que se convirtió en el afiliado número uno del partido. Doce años después, el 23 de febrero de 2026, Vox expulsó a Ansaldo. Su falta: apoyar a otro cofundador expulsado días antes.

De aquel grupo fundador, solo queda Santiago Abascal. Todos los demás —Alejo Vidal-Quadras, Iván Espinosa de los Monteros, Javier Ortega Smith, Rocío Monasterio, José Antonio Ortega Lara— han sido apartados, expulsados o empujados a irse. La prensa ha empezado a llamarlo “Los Diez Negritos de Vox.”

Y aquí está lo desconcertante: mientras el partido se vacía por dentro, se llena por fuera. La encuesta de Sigma Dos para El Mundo del 2 de marzo de 2026 da a Vox un 18,3% de voto y 64 escaños, casi el doble de los 33 que obtuvo en las elecciones generales de julio de 2023. Diez meses consecutivos de subida.

¿Cómo puede un partido crecer mientras expulsa a quienes lo construyeron? La respuesta dice mucho sobre el estado de la política española —y sobre lo que nos espera.

Un partido, un dueño

La purga de febrero de 2026 no fue la primera, pero sí la más reveladora.

El 12 de febrero, el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de Vox votó por unanimidad destituir a Ortega Smith como portavoz del grupo municipal en el Ayuntamiento de Madrid y sustituirlo por Arantxa Cabello. Ortega Smith, cofundador del partido y uno de sus rostros más reconocibles, se negó a aceptarlo. Seis días después, el 18 de febrero, Abascal lo expulsó con suspensión cautelar de militancia por “falta muy grave” de insubordinación.

Ortega Smith no se fue en silencio. Denunció una “guerra sucia y difamación repugnante” y acusó a la dirección de convertir Vox en “una agencia clientelar de colocación.”

El efecto dominó fue inmediato. El 23 de febrero cayeron también Carla Toscano, concejala en Madrid que se negó a reconocer a la nueva portavoz, y el propio Ansaldo, el afiliado número uno. En Murcia, el comité regional dimitió en bloque el 26 de febrero para forzar la salida de José Ángel Antelo, presidente regional. Antelo respondió con una frase que resume bien la dinámica: “La decisión de quitarme es de Abascal, lo demás es humo y cortinas.”

Pero la purga de febrero es solo el último capítulo. Macarena Olona se fue en 2022 tras meses de tensión con Abascal. Espinosa de los Monteros, afiliado número cinco y exportavoz en el Congreso, abandonó tras las elecciones de 2023 y ha roto su silencio en 2026 para fundar la Fundación Atenea, una plataforma ideológica a medio camino entre PP y Vox. Monasterio fue destituida como presidenta de Madrid. García-Gallardo, exvicepresidente de Castilla y León, fue expulsado por criticar la falta de democracia interna.

El propio Espinosa de los Monteros lo resumió en COPE el 27 de febrero de 2026: “Creía conocer bien a Santiago Abascal, pero es una persona distinta.” Y reclamó un congreso del partido —algo que Vox nunca ha celebrado pese a estar previsto en sus estatutos fundacionales.

El CEO que no rinde cuentas

Abascal tiene una respuesta preparada para las críticas. El 25 de febrero declaró: “Si altos cargos de una empresa se marchan y los resultados mejoran, nadie cuestiona al CEO.” Es una metáfora interesante, pero un exdirigente anónimo la desmontó con precisión: “Cuando un CEO vende volver a los resultados de 2020 como un gran crecimiento, es más comercial que CEO.”

Tiene razón. Las encuestas actuales devuelven a Vox aproximadamente al nivel que alcanzó en noviembre de 2019, cuando obtuvo 52 escaños y un 15,1%. El partido se desplomó en 2023 hasta los 33 escaños. La “duplicación” actual es, en buena parte, una recuperación.

Pero hay una diferencia cualitativa importante. En 2019, Vox tenía una dirección plural, con figuras reconocibles que aportaban capacidad territorial y mediática. En 2026, según el exdiputado Rubén Manso, “solo quedan los del PP” en la cúpula: Abascal se ha rodeado de cuadros procedentes del Partido Popular, no de los que fundaron Vox. Los disidentes han hecho circular una carta que el propio Abascal envió a Rajoy en 2013 criticando al PP por su falta de debate interno. La ironía es difícil de ignorar.

La asamblea extraordinaria de enero de 2024 selló la transformación: Abascal fue reelegido presidente sin oposición hasta 2028, con un CEN ampliado de cinco a 17 vocales —un movimiento que diluyó el peso individual de cada miembro. Un manifiesto disidente titulado “Patriotas de quien pague” acusó a la dirección de haber eliminado las primarias y anulado “el derecho a tener opinión.”

En la práctica, Vox ha dejado de ser un partido y se ha convertido en lo que el analista Manu Gálvez llama “el partido abascalista”: una estructura vertical donde la lealtad al líder sustituye al debate ideológico.

Entonces, ¿por qué crece?

Si la explicación no está dentro del partido, está fuera. Vox crece porque España le pone las condiciones.

El desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez es el motor principal. La Ley de Amnistía, la regularización de inmigrantes, la gestión de la DANA de octubre de 2024 —que dejó 238 muertos— y los escándalos de corrupción del PSOE han alimentado un rechazo que Vox canaliza mejor que nadie. El PP, con siete meses consecutivos de caída en las encuestas (del 33,1% en 2023 al 31,9% ahora según Sigma Dos), no logra capitalizar ese descontento.

Y hay un dato que debería preocupar a toda la izquierda: Vox es ya el partido más votado entre los jóvenes de 18 a 20 años, con un 27,1% de intención de voto según el barómetro del CIS de febrero de 2026. Entre los menores de 30, PP y Vox juntos superan el 51,5%. La vivienda inaccesible, la precariedad laboral y siete años de gobierno de izquierdas sin resultados visibles para su generación explican gran parte de este giro.

A eso se suman los vientos internacionales. Trump, Milei, Orbán, Meloni: la derecha radical gobierna o crece en las principales democracias occidentales. Como señaló el analista Pablo de Lora, muchos comentaristas atribuyen el auge de Vox a “rancio nacionalismo español” o “masculinidad herida” mientras ignoran “las políticas del Gobierno que han producido un rechazo ciudadano genuino.”

El resultado es que Vox ha dejado de dar miedo. El Español tituló en enero de 2026 que el partido “ya no asusta” y ha logrado ampliar su base electoral más allá del núcleo duro. De hecho, un 12,9% de los votantes del PP en 2023 dicen ahora que votarían a Vox, junto con un 4,3% de antiguos votantes del PSOE y un 16,3% de quienes se abstuvieron.

Lo que está en juego: la aritmética del poder

Este crecimiento tiene consecuencias directas para la gobernabilidad de España.

Según las proyecciones actuales, PP y Vox sumarían 199 escaños —23 por encima de la mayoría absoluta de 176. Es la única coalición viable. El bloque de izquierdas (PSOE, Sumar, Podemos y nacionalistas) se queda en 142. Una gran coalición PP-PSOE está descartada por ambas partes.

Esto significa que si hay elecciones generales —constitucionalmente obligatorias antes de agosto de 2027—, el PP necesitará a Vox para gobernar. Y un Vox con 64 escaños no será un socio menor. En Extremadura y Aragón, donde las recientes elecciones regionales ya han duplicado su representación, Vox exige condiciones duras: dos consejerías, una vicepresidencia, control sobre medios públicos y la eliminación de subvenciones a sindicatos y ONG que promueven la inmigración. En las elecciones de Castilla y León del 15 de marzo de 2026, las encuestas le dan entre 15 y 16 escaños —otra vez imprescindible para que el PP gobierne.

Para ti, esto se traduce en políticas concretas. El programa de Vox incluye deportaciones masivas de inmigrantes irregulares, reducción del IVA al 8%, retirada del Acuerdo de París sobre cambio climático, extensión de la vida de las centrales nucleares, prioridad para ciudadanos españoles en vivienda social y alquiler, y una “remigración” —retorno forzoso de inmigrantes que, en palabras de Vox, “vienen a España con intención de vivir de las ayudas sociales.”

Que estas políticas se apliquen dependerá de las negociaciones con el PP. Pero la presión será mayor que nunca.

La paradoja de Le Pen, al revés

Hay un precedente europeo tentador: Marine Le Pen expulsó a su propio padre, fundador del Frente Nacional, en 2015 como parte de una estrategia de “desdiabolización.” Purgó a los extremistas para ampliar la base. El resultado: el partido pasó de paria a primera fuerza de Francia.

Pero la comparación con Vox no funciona del todo. La purga de Le Pen fue ideológica: eliminar las posiciones más radicales para ganar al centro. La purga de Abascal es de control: los expulsados no son los más extremos del partido, sino los que cuestionan su liderazgo. Ortega Smith no pedía un giro al centro; pedía que Abascal rindiera cuentas. Espinosa de los Monteros no reclamaba moderación; reclamaba un congreso.

Como escribió el analista José Antonio Carbonell, Vox, “nacido como reacción al inmovilismo y la corrupción del PP, ha reproducido vicios idénticos: inflexibilidad estratégica, opacidad financiera y eliminación de disidentes.”

Un crecimiento con fecha de caducidad

Las encuestas son claras: Vox está en su mejor momento electoral. Pero las encuestas miden intención de voto, no capacidad organizativa. Y ahí es donde la purga puede pasar factura.

Un partido que ha expulsado a su infraestructura territorial en Madrid, Murcia y otros territorios tendrá que reconstruirla antes de las municipales y autonómicas de mayo de 2027. Un partido sin congreso desde su fundación, sin primarias y con un liderazgo que no tolera la discrepancia puede mantener la disciplina del mensaje, pero pierde la capacidad de adaptarse a realidades locales.

Abascal ha dicho que no teme “nada ni a nadie.” Es una frase que suena bien en un mitin. Pero gobernar —o ser decisivo para que otros gobiernen— requiere algo más que control absoluto. Requiere cuadros competentes, debate interno y una estructura que sobreviva a las personalidades.

Los votantes de Vox están respondiendo a frustraciones reales: vivienda imposible, inmigración sin gestionar, un gobierno que parece agotado. Esas frustraciones no van a desaparecer. La pregunta es si un partido construido alrededor de un solo hombre puede canalizarlas en algo más que encuestas favorables. Hasta ahora, Abascal ha demostrado que puede ganar esa apuesta. Lo que no ha demostrado es que pueda sostenerla.

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